En 1963, un investigador de la Universidad de Yale publicó un experimento en el que varios participantes creían estar administrando descargas eléctricas potencialmente mortales a otra persona. Años antes, un psicólogo había intentado provocar miedo en un bebé mediante ruidos intensos. Otros investigadores recurrieron al aislamiento prolongado de animales para estudiar el desarrollo emocional.
Estos episodios pertenecen a la historia de la psicología científica. Algunos contribuyeron a formular teorías influyentes sobre la obediencia, el aprendizaje o las relaciones humanas. Otros se hicieron famosos por conclusiones que posteriormente fueron cuestionadas. En todos ellos aparecen preguntas incómodas sobre los límites de la investigación.
Conviene distinguir entre resultados experimentales documentados, interpretaciones posteriores y relatos popularizados. No todos los estudios tuvieron la misma gravedad ni sus participantes sufrieron consecuencias equivalentes. Esta selección de diez experimentos psicológicos perturbadores examina qué ocurrió realmente, qué pretendían investigar sus autores y cómo se valoran actualmente sus métodos y resultados.
¿Por qué algunos experimentos psicológicos fueron tan controvertidos?
La investigación psicológica busca identificar relaciones entre variables, explicar comportamientos y contrastar hipótesis. El problema aparece cuando los procedimientos utilizados exponen a los participantes a riesgos desproporcionados, especialmente si desconocen su naturaleza o no pueden decidir libremente si desean continuar.
Durante buena parte del siglo XX, los mecanismos de supervisión eran menos sistemáticos que los actuales. Algunos investigadores consideraban aceptable provocar miedo, frustración o sufrimiento si los resultados prometían aportar conocimientos relevantes.
Las principales controversias históricas se relacionan con:
- Consentimiento informado insuficiente: las personas desconocían aspectos decisivos de su participación.
- Engaño experimental: se ocultaba o falseaba información sobre la finalidad del estudio.
- Malestar psicológico: se inducían situaciones de ansiedad, humillación o pérdida de control.
- Vulnerabilidad: se utilizaban niños, pacientes institucionalizados o animales especialmente dependientes.
- Limitaciones metodológicas: se extraían conclusiones generales a partir de muestras reducidas o procedimientos poco controlados.
El engaño no está completamente prohibido en la investigación actual, pero debe justificarse, someterse a evaluación ética y acompañarse de garantías adecuadas.
Los 10 experimentos psicológicos más perturbadores de la historia
1. El experimento de Milgram (1961-1963): obedecer órdenes para hacer daño
El psicólogo estadounidense Stanley Milgram investigó hasta qué punto una persona podía obedecer instrucciones de una figura de autoridad cuando estas parecían causar sufrimiento a otra.
En su estudio más conocido, desarrollado en Yale, los participantes asumían el papel de profesores y debían administrar supuestas descargas eléctricas a un alumno cuando respondía incorrectamente. Un investigador les indicaba que continuaran aumentando la intensidad.
En realidad, las descargas eran simuladas y el alumno era un colaborador del experimento. Los participantes, sin embargo, desconocían esta circunstancia.
En la condición publicada en 1963, 26 de los 40 participantes llegaron hasta el nivel máximo de 450 voltios, pese a las protestas del supuesto receptor. Algunos mostraron temblores, sudoración y otras manifestaciones de tensión.
El estudio mostró que determinadas condiciones de autoridad podían favorecer conductas contrarias a las preferencias iniciales de los participantes. No demuestra que cualquier persona obedezca siempre, ni permite deducir automáticamente cómo actuaría alguien ante una situación real de violencia.
Su principal problema ético fue la intensidad del malestar provocado mediante el engaño. Además, posteriores análisis históricos han cuestionado aspectos de la interpretación y las condiciones de participación de algunos estudios de Milgram.

2. La prisión de Stanford (1971): un experimento cuya interpretación fue cuestionada
En 1971, Philip Zimbardo y sus colaboradores organizaron una simulación penitenciaria en la Universidad de Stanford. Jóvenes universitarios fueron asignados a los papeles de guardias y prisioneros dentro de unas instalaciones preparadas para la investigación.
El estudio, inicialmente previsto para dos semanas, terminó al cabo de seis días. Durante su desarrollo se produjeron episodios de humillación, conflictos y respuestas de angustia entre algunos participantes.
Durante décadas se presentó como una demostración de que los roles sociales podían transformar rápidamente a personas corrientes en individuos crueles o sumisos.
Sin embargo, esa explicación ha recibido críticas importantes. El historiador de la psicología Thibault Le Texier (2019) examinó documentación original y entrevistas con participantes, identificando instrucciones concretas proporcionadas a los guardias, problemas de recogida de datos y otros factores que comprometían la validez del estudio.
Por tanto, la investigación no puede considerarse una prueba concluyente de que adoptar un determinado rol produzca espontáneamente conductas abusivas.
El caso conserva interés para estudiar las relaciones de poder y los diferentes tipos de maltrato y sus manifestaciones, aunque sus conclusiones tradicionales necesitan una revisión crítica. La trayectoria de su responsable puede contextualizarse también en la biografía y aportaciones de Philip Zimbardo.

3. El pequeño Albert (1920): intentar provocar miedo en un bebé
En 1920, John B. Watson y Rosalie Rayner publicaron un estudio sobre el condicionamiento emocional utilizando a un niño identificado como Albert B.
Los investigadores presentaban al bebé una rata blanca, inicialmente sin generar una respuesta intensa de temor. Posteriormente asociaron su presencia con un ruido fuerte producido al golpear una barra metálica.
Pretendían comprobar si un estímulo inicialmente neutro podía adquirir la capacidad de provocar miedo mediante asociaciones aprendidas.
Los autores describieron respuestas de temor que también parecían extenderse a determinados objetos peludos. Sin embargo, la intensidad del condicionamiento y la interpretación de los resultados han sido discutidas por investigadores posteriores.
Uno de los principales problemas fue utilizar deliberadamente estímulos aversivos con un niño demasiado pequeño para comprender la situación. Tampoco se documentó una intervención sistemática destinada a eliminar las respuestas condicionadas.
La identidad de Albert continúa siendo objeto de debate histórico. No existe evidencia suficiente para afirmar que desarrollara una fobia permanente ni para establecer con certeza las consecuencias psicológicas a largo plazo.
El estudio conserva relevancia histórica para el conductismo, pero no representa una demostración rigurosa de todos los mecanismos implicados en las fobias humanas.

4. Los experimentos de Harlow (décadas de 1950 y 1960): separación maternal y aislamiento
El psicólogo Harry Harlow, de la Universidad de Wisconsin, investigó el desarrollo de los vínculos afectivos mediante experimentos con crías de macaco rhesus.
En una de sus investigaciones más conocidas, los animales eran criados con madres artificiales: una estructura de alambre y otra recubierta de tela suave. En determinadas condiciones, la madre de alambre proporcionaba alimento, mientras que la de tela ofrecía contacto confortable.
Los animales pasaban mucho más tiempo junto a la figura de tela, especialmente cuando experimentaban miedo. Estos resultados cuestionaron las explicaciones que reducían el vínculo afectivo a la satisfacción de necesidades alimentarias.
Harlow realizó posteriormente otros estudios que implicaban privación social y aislamiento. Algunos animales desarrollaron alteraciones importantes de comportamiento y dificultades de interacción.
La contribución al estudio del contacto y el desarrollo socioemocional fue históricamente relevante. No obstante, el sufrimiento provocado a los animales plantea objeciones éticas graves, especialmente respecto a los procedimientos prolongados de aislamiento.
Además, los resultados obtenidos en primates no pueden trasladarse directamente a la crianza humana sin considerar las diferencias entre especies y contextos de desarrollo.

5. La indefensión aprendida de Seligman y Overmier (1967)
J. Bruce Overmier y Martin Seligman investigaron cómo la exposición a acontecimientos incontrolables podía modificar el aprendizaje posterior.
En sus experimentos con perros, algunos animales recibían descargas eléctricas de las que no podían escapar. Posteriormente eran colocados en situaciones donde existía una posibilidad de evitación.
Los investigadores observaron que determinadas experiencias previas de falta de control dificultaban las respuestas posteriores de escape, incluso cuando estas se encontraban disponibles.
El fenómeno contribuyó al desarrollo del concepto de indefensión aprendida, utilizado posteriormente en modelos sobre motivación, control percibido y depresión.
Sin embargo, las investigaciones originales no demuestran que una persona deprimida se comporte necesariamente como los animales estudiados. Las explicaciones psicológicas de la depresión han evolucionado considerablemente y reconocen múltiples procesos biológicos, cognitivos y sociales.
La utilización de descargas inevitables plantea problemas importantes de bienestar animal. También muestra los límites de interpretar una respuesta aprendida como una característica permanente del individuo.

6. El estudio del monstruo (1939): experimentar con la autoestima de niños institucionalizados
En 1939, la investigadora Mary Tudor, bajo la supervisión de Wendell Johnson en la Universidad de Iowa, desarrolló una investigación sobre los efectos de las evaluaciones verbales en la fluidez del habla.
Participaron 22 niños residentes en una institución de acogida. Algunos recibieron comentarios positivos sobre su expresión oral, mientras que otros fueron expuestos a valoraciones negativas destinadas a generar preocupación sobre posibles dificultades de habla.
El objetivo consistía en comprobar si determinadas etiquetas y expectativas podían influir en la tartamudez y la conducta comunicativa.
Los registros históricos describen cambios en algunas conductas de comunicación y reacciones de inseguridad. Sin embargo, no se demostró que el procedimiento produjera tartamudez persistente en niños previamente fluidos. Las afirmaciones sobre daños permanentes concretos deben valorarse con cautela.
La controversia ética es independiente de que la hipótesis experimental se confirmara: los investigadores expusieron a menores institucionalizados a mensajes desvalorizadores que no respondían a una necesidad terapéutica.
Este episodio puso de manifiesto los riesgos de experimentar con personas vulnerables y anticipó debates actuales sobre la protección de los derechos de los participantes.

7. La cueva de los ladrones (1954): fabricar rivalidades entre niños
El psicólogo social Muzafer Sherif y su equipo organizaron un campamento experimental en el parque estatal de Robbers Cave, Oklahoma, con 22 niños de aproximadamente 11 años.
Inicialmente, los participantes fueron distribuidos en dos grupos separados. Después, los investigadores organizaron competiciones que favorecieron rivalidades, hostilidad y actitudes negativas hacia el otro grupo.
En una fase posterior introdujeron problemas que requerían cooperación, como resolver conjuntamente una dificultad relacionada con el suministro de agua.
Los resultados contribuyeron al desarrollo de la teoría del conflicto realista entre grupos, según la cual la competencia por objetivos o recursos puede favorecer tensiones, mientras que determinadas metas compartidas pueden reducirlas.
El principal problema ético consistió en manipular deliberadamente relaciones sociales entre menores sin que comprendieran plenamente el carácter experimental de las situaciones.
Su interpretación requiere considerar el papel activo de los investigadores en la construcción del conflicto. El estudio permite comprender algunas dinámicas de los conflictos interpersonales y entre grupos, pero no demuestra que todas las rivalidades tengan las mismas causas.

8. Los experimentos de conformidad de Asch (década de 1950)
Solomon Asch investigó hasta qué punto la presión de una mayoría podía modificar juicios aparentemente sencillos.
Los participantes debían comparar la longitud de varias líneas. La respuesta correcta era evidente, pero estaban rodeados de colaboradores que, en determinados ensayos, respondían deliberadamente de forma equivocada.
En sus condiciones experimentales clásicas, una proporción considerable de respuestas se ajustó a la mayoría pese a contradecir la evidencia visual.
El hallazgo ilustró la influencia social sobre el juicio individual, aunque también mostró que muchas personas mantenían respuestas independientes.
Desde una perspectiva ética, la investigación utilizaba engaño y podía producir incomodidad al situar al participante frente a una mayoría unánime. Su gravedad, sin embargo, no resulta comparable a la de los estudios que provocaron sufrimiento físico o emocional intenso.
La conformidad debe interpretarse dentro de condiciones específicas y no como una tendencia inevitable a obedecer. Su estudio ayuda a comprender cómo los agentes socializadores influyen en nuestras decisiones, aunque la socialización abarca procesos mucho más amplios.

9. El efecto espectador de Darley y Latané (1968)
John Darley y Bibb Latané investigaron cómo influía la presencia de otras personas en la decisión de ayudar durante una emergencia.
En uno de sus experimentos, los participantes creían escuchar a través de un sistema de comunicación cómo otro estudiante sufría una crisis convulsiva. En realidad, el episodio estaba simulado mediante una grabación.
Los investigadores modificaron el número de personas que supuestamente podían escuchar la emergencia. Observaron que la presencia percibida de más testigos podía reducir la rapidez con la que un participante solicitaba ayuda.
Este fenómeno se interpretó mediante la difusión de responsabilidad: cada observador puede asumir que otra persona intervendrá.
La investigación ofreció una explicación relevante de determinadas situaciones de inacción colectiva. Sin embargo, el resultado no significa que las personas sean necesariamente indiferentes ante el sufrimiento ajeno.
Su principal controversia ética reside en haber generado una emergencia aparentemente real y, con ella, posibles sentimientos de angustia o responsabilidad personal.

10. El experimento de Rosenhan (1973): ingresar en hospitales psiquiátricos fingiendo síntomas
En 1973, el psicólogo David Rosenhan publicó en la revista Science un artículo que cuestionaba la capacidad de algunos hospitales psiquiátricos para diferenciar entre pacientes con trastornos mentales y personas que simulaban determinados síntomas.
Según su publicación, ocho pseudopacientes consiguieron ser ingresados tras afirmar que escuchaban voces. Posteriormente dejaron de fingir síntomas y describieron experiencias de hospitalización que Rosenhan interpretó como ejemplos de etiquetado y despersonalización.
El estudio alcanzó una enorme repercusión, pero su fiabilidad ha quedado seriamente cuestionada.
La periodista Susannah Cahalan investigó las identidades y los registros de los supuestos participantes, encontrando importantes inconsistencias. Posteriormente, Andrew Scull (2023) publicó un análisis histórico que calificó el trabajo como un caso de fraude científico.
Por tanto, no resulta riguroso presentar sus resultados como una demostración sólida de la incapacidad general de la psiquiatría para realizar diagnósticos.
El episodio plantea dos cuestiones diferentes: los problemas éticos de simular síntomas para ingresar en instituciones sanitarias y la responsabilidad de los investigadores de documentar sus resultados de forma verificable.
También recuerda que el respeto a la persona debe preservarse durante cualquier evaluación clínica, con independencia del diagnóstico recibido.

Comparativa de los experimentos y sus principales controversias
| Experimento | Año | Problema principal |
|---|---|---|
| Milgram | 1963 | Malestar intenso mediante obediencia y engaño |
| Prisión de Stanford | 1971 | Humillaciones y graves defectos metodológicos |
| Pequeño Albert | 1920 | Exposición de un bebé a estímulos aversivos |
| Harlow | 1958 y posteriores | Privación afectiva y sufrimiento animal |
| Indefensión aprendida | 1967 | Descargas eléctricas inevitables en animales |
| Estudio del monstruo | 1939 | Manipulación psicológica de menores vulnerables |
| Cueva de los ladrones | 1954 | Inducción deliberada de conflictos infantiles |
| Asch | Década de 1950 | Engaño y presión grupal |
| Efecto espectador | 1968 | Simulación de una emergencia angustiosa |
| Rosenhan | 1973 | Engaño institucional y fiabilidad de los datos |
Esta comparación no establece una clasificación objetiva del sufrimiento ocasionado. Los estudios utilizaron procedimientos muy distintos y no siempre existen datos suficientes para valorar sus consecuencias a largo plazo.
¿Podrían realizarse actualmente estos experimentos?
La investigación contemporánea cuenta con normas éticas destinadas a limitar los riesgos. El código de la American Psychological Association establece requisitos específicos para el consentimiento informado, la utilización del engaño, la explicación posterior del procedimiento y el tratamiento de animales.
Entre las principales garantías encontramos:
- Evaluación previa de los riesgos y beneficios del estudio.
- Participación voluntaria y posibilidad real de abandonar la investigación.
- Protección específica de menores y personas vulnerables.
- Justificación de cualquier procedimiento de engaño.
- Información posterior y medidas para reducir posibles daños.
- Supervisión institucional y protección del bienestar animal.
No sería correcto afirmar que todos estos experimentos están absolutamente prohibidos. Algunos pueden investigarse mediante diseños alternativos, simulaciones, procedimientos menos invasivos o formas limitadas de engaño justificadas éticamente.
La distinción también depende de los riesgos reales, del contexto y de las garantías disponibles. El respeto a los principios de dignidad humana establece límites que no pueden justificarse únicamente por el interés científico de una hipótesis.
Qué enseñaron realmente estos experimentos a la psicología
Estos estudios contribuyeron a formular preguntas sobre la autoridad, el aprendizaje, los vínculos afectivos, la presión social y las relaciones entre grupos. Algunos de sus hallazgos influyeron en investigaciones posteriores que emplearon métodos más rigurosos.
Pero su historia también permite identificar tres errores frecuentes: confundir resultados obtenidos en condiciones artificiales con leyes universales, atribuir a los experimentos conclusiones que no demostraron y aceptar una narración famosa sin comprobar sus fuentes originales.
Un experimento puede ser históricamente influyente y, al mismo tiempo, presentar deficiencias éticas o científicas que obliguen a revisar sus conclusiones.
La investigación psicológica ha avanzado precisamente mediante la revisión de sus métodos y la crítica de sus propios resultados. Los casos de Stanford y Rosenhan ilustran que incluso los estudios más citados pueden necesitar reconsideraciones profundas.
El interés científico de estos episodios no reside en su carácter perturbador, sino en las preguntas que obligaron a plantear sobre el comportamiento humano y sobre los límites de los procedimientos utilizados para investigarlo.
Preguntas Frecuentes
¿Cuál fue el experimento psicológico más perturbador de la historia?
¿Qué ocurrió realmente en el experimento de Milgram?
¿Fue real el experimento de la prisión de Stanford?
¿Qué le ocurrió al pequeño Albert después del experimento?
¿En qué consistió el experimento del monstruo?
¿Por qué se cuestiona actualmente el experimento de Rosenhan?
¿Se pueden realizar hoy experimentos psicológicos con engaño?
Fuentes y Referencias
- Watson, J. B., y Rayner, R. (1920). Conditioned Emotional Reactions. Journal of Experimental Psychology, 3(1), 1-14.
- Milgram, S. (1963). Behavioral Study of Obedience. Journal of Abnormal and Social Psychology, 67(4), 371-378.
- Le Texier, T. (2019). Debunking the Stanford Prison Experiment. American Psychologist, 74(7), 823-839.
- Harlow, H. F. (1958). The Nature of Love. American Psychologist, 13(12), 673-685.
- Overmier, J. B., y Seligman, M. E. (1967). Effects of Inescapable Shock upon Subsequent Escape and Avoidance Responding. Journal of Comparative and Physiological Psychology, 63(1), 28-33.
Ver 6 fuentes más Ocultar fuentes adicionales
- Tudor, M. (1939). An Experimental Study of the Effect of Evaluative Labeling of Speech Fluency. University of Iowa.
- Sherif, M., Harvey, O. J., White, B. J., Hood, W. R., y Sherif, C. W. (1961). Intergroup Conflict and Cooperation: The Robbers Cave Experiment.
- Asch, S. E. (1956). Studies of Independence and Conformity: I. A Minority of One Against a Unanimous Majority. Psychological Monographs, 70(9), 1-70.
- Darley, J. M., y Latané, B. (1968). Bystander Intervention in Emergencies: Diffusion of Responsibility. Journal of Personality and Social Psychology, 8(4), 377-383.
- Rosenhan, D. L. (1973). On Being Sane in Insane Places. Science, 179(4070), 250-258.
- Scull, A. (2023). Rosenhan Revisited: Successful Scientific Fraud. History of Psychiatry, 34(2), 180-195.
Revisado por
Marina Marta García FuentesPsicóloga y cofundadora del Instituto de Psicología Psicode · Número de colegiada M-18317
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Cómo citar este artículo
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Javier Ares Arranz. (2026, octubre 21). Los 10 experimentos psicológicos más perturbadores de la historia (y qué revelaron). Psicólogo Plus. https://psicologoplus.com/experimentos-psicologicos-mas-perturbadores-historia
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